¡Ya vale! ¿No? Alguien debe acabar con los timos telefónicos. Con los timbrazos que coinciden con la siesta. Con las llamadas de falsas compañías con nombres reales que prometen descuentos para bucear en tu historial y, a ser posible, en tu cuenta bancaria. En la mayoría de casos suele llamarte una persona con acento allende los mares. Intenta que muerdas el anzuelo y si eres amable, insiste. En una ocasión, tras rechazar una oferta tentadora descolgué el auricular por segunda vez. Era otra persona que me soltó: Usted, ¿que se creyó?... Llamando immigrante sin un peso a mi compañero. ¡Sí, claro, señor! ¡Como aquí utilizamos tanto el peso!La segunda vez fue hace unos pocos días. Tras negarme a darle mis datos de la última factura del gas a la señorita de turno, ella no perdió la compostura. Disculpe, señor, ¿cúal es su nombre de pila? Como si eso nos acercara. La próxima vez responderé: soy Mister Proper, pero puede tutearme. Llámeme Don Limpio.

